RECUERDOS DE INFANCIA
Todo fue un vértigo, volver a pisar la calle que me vio nacer, gente que se me acercaba y me decía: ¿Te acuerdas de mi? Soy la madre de Sito, aquel gamberro que no paraba de tirarte de las coletas!!, Vamos si me acuerdo de Sito aquel niño infumable al que odiaba con todas mis ganas! Ejemm, Ejemm, si me acuerdo de su hijo, ¿Que tal le va la vida? ...
Cuantos recuerdos en tan poco espacio. De pequeña, aquello me parecía enorme, las escalerillas, el muro, la asociación,... pero el sábado de repente se me antojó pequeño, minúsculo,... me parecía imposible que mis padres no me dejaran ir sóla a la Bodeguilla cuando tan sólo habían unos escasos 100 metros!!!! Estaba como en un sueño, me embargó un sentimiento extraño, el sentimiento de sentirme como en casa en un sitio en el que hacía 21 años que no pisaba y donde a pesar de las diferencias superficiales, todo lo importante estaba allí. La gente que me vió crecer y que nada más verme me abrazaba diciéndome que a pesar de los años, si me hubieran visto por la calle hubieran sabido que era yo.


Volví a recordar los bocadillos de nocilla en la calle, las sillas en verano y los cotilleos de nuestras madres, el tintineo de las fichas de dominó de nuestros padres en el Bar,... supongo que por eso me encanta Manolito Gafotas, porque me evoca el sitio del que vengo. Era como si no hubiera transcurrido el tiempo. Pero no os llevéis una idea equivocada, el barrio en el que crecí es feo, de calles estrechas y en los años 80 vivió su peor época con toda la droga que por allí circulaba, esa fue la razón principal por la cual mis padres se fueron de allí, pero la memoria es muy selectiva y a pesar de que también hubieron momentos difíciles, su gente siempre fue lo mejor, es la magia que tienen los barrios humildes y es que allí habitaron miles de emigrantes que hicieron de sus vecinos su propia familia.

Hacía 21 años que no la veía, yo era la Sonia grande y ella la Sonia pequeña, pero los vecinos hartos de hacer esta distinción acabaron por llamarme a mi Sonia y a ella Sonieta, supongo que ella se llevó la peor parte y que a sus 29 años reción cumplidos, los del barrio la siguen llamando Sonieta, y yo entre ellos (aunque ya no esté en el barrio!).
Me emocionó muchísimo que me invitara a su boda, pero aún más el abrazo que me dió cuando nos vimos. No sé como explicarlo, me reconfortó, es como si hubiese vuelto a mis 10 años y ella a sus 8. En un momento me vino a buscar y nos fuimos solas a fumarnos un cigarrillo. Me explicó que había sido de su vida, yo le expliqué de la mía y nos acordamos de su padre que no tuvo la oportunidad de llevar a su hija al altar. Me dijo: es muy triste casarse y que tu padre no te lleve de la mano. Juro por Dios que en ese momento casi me pongo a llorar recordando a José, pero aguanté, ya había llorado cuando sus hermanos le hicieron recordar a su padre y allí ya no era el momento. Hay que recordar a los seres queridos, pero ese era su día y su padre, estuviera donde estuviera la estaría viendo. Me volvió a abrazar y me sentí arropada. Es la grandeza del ser humano, parece mentira pero es increible como en un momento todos los recuerdos se te agolpan en la cabeza y vuelves a ver de manera nítida tus 10 años.
Ella seguirá su camino y yo el mío, es ley de vida pero me volví a sentir una niña, aquella niña que le limpiaba los mocos a la Sonieta y que se reía con ella con cualquier tontería que hacía y por mucho que intente explicarlo con palabras, nunca podré transmitiros lo que provocó en mi esa boda del pasado sábado.